Vivir de la Luz, un reto para la humanidad

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Comer o no comer, he ahí la cuestión. Toda la vida creyendo a pies juntillas que “si no hay comida no hay vida”, y resulta que esto no es exactamente cierto. En realidad lo es para la mayoría, pero hay una minoría que desafía la ciencia y las creencias porque no comen y, muchos de ellos, tampoco beben. De verdad, nada de nada. No es que tengan el chorizo escondido debajo de la cama y se lo coman a escondidas, es que han decidido conscientemente dejar de comer y beber. Estos seres excepcionales, de carne y hueso como tú y como yo, se alimentan de “prana”, la energía universal que nos rodea y que incluso se puede ver entornando los ojos (son como unas chispitas que flotan en el aire). La película VIVIR DE LA LUZ está hecha por un escéptico que, cuando se entera de este asunto, quiere investigar y comprobar qué hay de cierto, qué piensa la ciencia, la religión y, sobre todo, conocer a algunos de estos raros y pintorescos personajes.

Pues resulta que en todas las grandes culturas se sabe que hay personas que no comen ni beben, de modo que este fenómeno existe desde tiempos inmemoriales en la cultura india, rusa, samurái, europea, latina… Actualmente hay varios miles de personas en todo el mundo que viven así. La ciencia no puede explicarlo y lo niega en rotundo porque, si hay algo sobre lo que se ha construido el sistema de creencias y la economía planetaria, es la comida, la bebida y sus subproductos.

La película es un viaje apasionante a través del cual el espectador va pasando por momentos de incredulidad, sorpresa, desconfianza, estupefacción, simpatía, convencimiento… Un cóctel complejo de sentimientos contrapuestos ante un tema tan controvertido como es “vivir de la luz”. ¿Imaginas cómo sería nuestra sociedad si no comiéramos ni bebiéramos? ¿Cómo serían nuestros encuentros sociales? Nuestro tiempo se alargaría debido al ahorro en compras, cocina, limpieza… Nuestras casas crecerían porque la cocina sería una habitación más. No habría borrachos ni maltratos camuflados por el alcohol. No habría gordos y, por lo tanto, la salud de la población mejoraría ostensiblemente: menos diabetes, colesterol, infartos… Los hospitales estarían medio vacíos, nuestros bolsillos mucho más llenos y en los cumpleaños soplaríamos velas colocadas sobre una maceta.

No se puede negar que nuestra vida sería diferente, lo de mejor o peor dependerá de la mente de quien lea estas líneas. Yo creo, humildemente, que el mundo sería más fácil de transitar. La alimentación tóxica, cargada de químicos, modificaciones genéticas, azúcares y grasas sospechosas nos está haciendo mucho daño, y no solo a nuestros cuerpos. La pirámide se ha invertido: se prevé que las generaciones venideras vivirán más, pero en peor condición física y mental.

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