Reconstruyendo una relación

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Había una vez una casa en la que salió una gotera. La pareja que la habitaba pensó que cuando dejara de llover se secaría y se arreglaría sola. Lo cierto es que durante el invierno la gotera se fue haciendo más grande. De hacer caso omiso tuvieron que pasar a poner un barreño debajo. Sin ganas de arreglarla, se limitaban a vaciar el barreño cuando se llenaba y a esperar a que pasaran las lluvias.

Y las lluvias pasaron. Llegó la primavera y con el calor la gotera se secó. Quitaron el barreño y se quedaron tan contentos. Sin embargo, con el calor, el yeso al secarse comenzó a caerse. El yeso y el cemento se habían reblandecido y pudieron comprobar como en el techo aparecía un agujero. No pasó mucho tiempo en aparecer una gran grieta. Parece que el agua había dañado no solamente el agujero por donde se aliviaba la bolsa de agua acumulada, sino los materiales que estaban en contacto.

La pareja encontró una solución muy práctica: no mirar hacia arriba. Ojos que no ven… Al no mirar, no se dieron cuenta de que la grieta se abría y, un buen día, sin más aviso, una parte del techo se derrumbó.

Esta metáfora nos sirve para comprender cómo se estropea una relación. Lo que en un principio es una gotera de poca importancia, puede hacer que se derrumbe la casa. Pero, ¿cómo es posible que una simple gotera acabe con una casa entera? Porque cuando aplazamos un problema o asunto que resolver, el problema o el asunto se va haciendo cada vez más grande, queramos o no mirarlo.

Cuando la casa se ha derrumbado ya no hay pequeños arreglos posibles: hay que reconstruirla completamente. Revisar cimientos (valores), vigas (hábitos, costumbres), y reconstruir cada uno de los planos: el suelo, el techo y las paredes (los modales, los gestos, la comunicación, el afecto). Solo así lograremos convertir de nuevo la ruina en una casa habitable y hermosa.

A veces se me presentan casos como éste en mi despacho de coach. Como una jefa de obra intento evaluar la magnitud del desastre: ¿estamos ante una simple gotera, está a punto de desplomarse el techo o estamos en ruinas? Lamentablemente cuando llegan a mí, casi siempre la casa está ya en ruinas o casi. Lo primero que hago es ponerle un casco a mi cliente, no vaya a ser que le caiga un cascote en la crisma. El casco supone una toma de conciencia del estado de la cuestión y la decisión de dar los primeros pasos para que la cosa no vaya a peor. Hasta que podamos arreglar algo, tenemos que centrar nuestras fuerzas en no estropearlo más. Una vez hecho esto, empezamos a valorar el desastre y las posibilidades de arreglo que hay.

Para reconstruir algo necesitamos contar con un plan de reconstrucción y con los materiales adecuados. A menudo esto es lo que más nos cuesta encontrar: con qué contamos. No podemos reconstruir con lo que no tenemos. ¿Te imaginas un arquitecto diciendo que va a hacer una pared con materiales que no tiene disponibles? Construimos con lo que hay, y a veces hay poco donde agarrarse. Sin embargo, con un buen proyecto, con ganas y con materiales suficientes, podemos llegar a dejar la casa en condiciones más que aceptables. A menudo, incluso más bonita de lo que era antes del derrumbe.

Yo no soy muy dada a dar consejos, pero hoy me voy a permitir la licencia: Si tu relación “hace aguas”, no esperes a verla desplomarse para comenzar a reconstruirla. Busca un buen jefe de obra, ponte el mono y a por ello. Es esfuerzo de la remodelación compensará las incomodidades de la reforma y el resultado será un buen y merecido premio.

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