LOS MUERTOS QUE UNO LLEVA DENTRO

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Siento pesadumbre en el pecho.

El pasado lo oprime desde el centro

como si no cupiera dentro.

Acabo de enfrentarme

con mi yo que ya murió.

La casualidad ha querido

que sea en un cementerio.

Allí estaban antiguas caras,

viejos amigos, lejanos compañeros

y un sinfín de memorias

que guardo todas juntas

en el mismo cajón.

Hoy, allí, se ha destapado la caja

y de repente han salido

gemas jóvenes y lozanas,

gemas tristes, abandonadas,

gemas luchadoras que querían ser,

gemas prisioneras y gemas fugadas.

 

Me he visto muerta.

Pero esa muerta está dentro de mí.

Sigue estando,

con sus errores y su inseguridad,

-esa inseguridad indestructible,

que sobrevive como las termitas

en el corazón de los huesos-,

con cierta sensación de que

podría haber hecho las cosas de otra manera.

Tal vez.

Pero no supo.

 

Y la gema de hoy lo ve y llora.

Llora porque es incapaz

de enterrar a la difunta.

Llora porque lo que no resolvió en aquel momento

ya no lo resolverá nunca,

porque las palabras que no nacieron

cuando tuvieron su oportunidad,

no nacerán nunca

y se quedarán muertas, abortadas siempre dentro.

…/…

 

Y no puede librarse de ello.

Y se engaña pensando que un día

hará algo para arreglarlo.

Pero, ¿arreglar qué? ¿Cómo?

No se puede enterrar a un muerto

años más tarde.

No se puede.

La gema de hoy piensa en cómo

habría sido su vida

si el viento de la razón

no hubiera soplado en su veleta.

Y la respuesta que se le ocurre

no mejora a la gema que hoy es.

Pero siente nostalgia y tristeza

y dolor en el pecho,

mientras se pregunta

dónde está el cementerio

de los muertos que uno lleva dentro.

 

 

Tras la despedida de Carmen Rico Godoy

en el crematorio de la Almudena

13.09.2001

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