LA MUJER QUE HABITA EN MÍ

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La mujer que habita en mí

es blanca y negra a la vez.

Es miedosa y muy estricta,

pero también es valiente,

generosa y buena amiga.

Incansable y responsable,

se encuentra a veces atrapada

entre las redes

de su propia telaraña.

 

Es una gran tejedora

que cada vez quiere más

y está intentando aprender

a resolver los asuntos

sin hacer daño

y sin que le duelan a ella.

Es sensible y emotiva,

comprende el dolor ajeno,

le cuesta poco entregarse,

pero no quiere cadenas.

 

Exige su libertad

de obligaciones externas,

necesita tener espacio

para moverse y ser ella.

Según su interior intenso

va alcanzando metas altas,

la belleza de sus gestos

va ganando y aumentando.

 

La edad le está sentando muy bien

a esta mujer convencida,

madre, hija, esposa, amante, amiga,

pero ante todo mujer,

ella misma y por sí misma,

sabiendo hacia donde va,

haciendo lo que hay que hacer

pero eligiendo y siendo mujer.

 

¡Qué palabra tan potente!

¡Qué presencia tan estable!

¡Qué seguridad rezuma!

¡Qué confianza inspira!

 

Ser mujer es comprender

que soy embajada en la tierra,

de esa madre que nos nutre,

la madre naturaleza.

Soy nutricia, fértil, inmensa,

hija de una y madre de miles.

 

Quiero ser cada vez más.

Más dócil, más verdadera,

más sana, más duradera,

más estable, más entregada,

más rica, más hermosa,

más comprensiva, más generosa,

más abierta, más dúctil,

más confiada, más redonda,

más sabia, más visionaria.

He sido, soy y seré

todo esto y aún más,

represento a todas las grandes mujeres

que llevo en mi vida

y que vinieron detrás.

 

Febrero 2005

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