La hora del té

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Aunque no llevaba reloj, Tambor sabía qué hora era. A las nueve Tomás se marchaba  deprisa, a las siete regresaba y a las doce se iba a dormir. Pero su hora favorita eran las siete y media. Después de un paseo, Tomás preparaba un té, que repartía entre su taza y el cuenco de Tambor. Tambor, a quien solo le quedaba un diente, era un perro atípico que tomaba sopa y bebía té.

 

Un día Tomás no llegó a las siete ni a las doce, y Tambor supo que algo grave había pasado. Instintivamente abrió el cajón donde estaba la caja del té, la sacó y se tumbó junto a ella para aspirar su aroma, el aroma a té, el recuerdo de Tomás. Cuando entró la policía le encontraron muerto. Murió, igual que Tomás, de vejez, tristeza y soledad. A las siete y media, su hora del té.

 

2004

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