Duelo. Aprender a dejar ir.

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La palabra duelo viene de dolor. El dolor es una llamada de atención, una petición desesperada que está al servicio del amor. Donde hay dolor, solo tienes que poner amor para que el dolor sane.

La psiquiatra Elizabeth Kubler-Ross, que nos dejó en 2004, durante muchos años se estudió las fases del duelo y tomó como parte de su misión el ayudar a personas a aprender a morir y superar sus duelos. Ella descubrió que cuando hay un cambio traumático en la vida, la persona pasa por cinco etapas, a las que llamó “las cinco etapas del dolor”, que son:

Negación. “No es posible que haya ocurrido esto”.” Debe haber sido un error, a mí no me pueden despedir”. “No puede haberse muerto, si ayer mismo hablé con ella”…

Ira: “No me lo merezco”. “Son unos xxx”. “Dios es injusto”. “Maldigo a…”

Negociación: “Dios, mándame a mí este dolor y quítaselo a ella”. “Si todo sale bien, prometo que haré…”

Depresión:” Esto ha acabado conmigo”. “Soy una persona inútil”. “Soy un fracasado”. “Me quiero morir”.

Aceptación.

El primer punto es inevitable porque es el momento del shock, de recibir lo inesperado, de ver que ha ocurrido algo que salía completamente de nuestros planes o que no deseábamos que sucediera. Sin embargo, es posible que haya un atajo para llegar del primer punto al último. Es posible pasar muy rápidamente por los puntos 2, 3 y 4 antes de llegar a la aceptación.

El atajo supone comprender que cada ser humano es un humano que alberga un ser.  El cuerpo humano es un vestido para el ser.

La materia puede estructurarse y desestructurarse, organizarse y desorganizarse. El cuerpo es materia, y cuando la energía se retira de ella, se desestructura.

El alma es energía y no puede destruirse ni crearse, solo transformarse. De modo que cuando la energía de esa persona encuentra que ese vestido, ese cuerpo, ya no le vale o se ha roto, sale de él en busca de otro lugar donde depositarse y seguir evolucionando. Nadie se queda desnudo porque se le rompa un vestido, sencillamente busca otro. Igual ocurre con el alma. Cuando el cuerpo no sirve, el alma emigra en busca de otro lugar más idóneo donde seguir creciendo y evolucionando. En ésta o en otra dimensión.

Cuando despedimos al cuerpo de un ser querido, estamos despidiendo solo a eso, a un vestido vacío. Dicen los maestros que el alma tarda unos días en alejarse del cuerpo; se queda a su alrededor o en la cercanía unos días hasta que emprende el camino. Y lo mismo que está con el cuerpo, está con los familiares ligados a ella.

La paradoja es que la separación materia/energía de la persona que se ha marchado, produce unión en los que se quedan. Es sorprendente como ante una ocasión así, siempre se hace un hueco en la agenda para ir y acompañar a los familiares en su duelo, y a despedir al amigo o al familiar. Las personas quieren estar  físicamente, unir su  emoción y prestar compañía al cuerpo inerte y a sus familiares.

Es en esos momentos cuando tenemos la gran oportunidad de aprender a dejar ir. Dicen los maestros que en cada persona con la que tenemos contacto, dejamos un cachito de nosotros. En la conexión e interrelación con las personas, vamos dejando trocitos pequeños de nuestra alma que nos mantienen unidos.

Cuando el alma se separa del cuerpo, necesita recuperar esos cachitos para recomponerse, obtener toda la fuerza y poder emprender el viaje. Es esencial que, conscientemente, demos las gracias a la persona de la que nos estamos despidiendo y la dejemos ir. En ese momento, el trocito de su alma que teníamos pegado a la nuestra, volverá con ella. Es el impulso de nuestra propia alma, que como seres hechos de la misma energía, la deja marchar en paz.

Todos estamos unidos, todos somos parte de lo mismo. La energía es única y va tomando formas diferentes.

El duelo hay que pasarlo de forma pacífica y sin deterioro para nuestro propio sistema. Es muy conveniente en esos momentos hacer una dieta desintoxicante para limpiar todas las emociones y residuos tóxicos que hayan podido dejar en nosotros los pasos 1, 2, 3 y 4 que mencionaba la Dra. Kubler-Ros.  Como el cuerpo es muy sabio y lo sabe, apenas pide comer en esos días: Natura Medicatrix, la naturaleza ayudando  a que el cuerpo sane del dolor.

Limpiando el cuerpo, a nuestra mente le es más fácil estar calmada y en paz. Y nuestro espíritu puede liberarse y expandirse en la aceptación.  Amando lo que es.

Amando al que se fue por todo lo que compartimos juntos y todo lo que aprendimos a su lado.

Amándonos a nosotros mismos, que durante el duelo tenemos la oportunidad de crecer y conectar con nuestra propia alma, sabiendo que es igual que aquella de la que nos despedimos.

Amando a las personas que nos están acompañando, porque ellas son nuestro apoyo aquí en la tierra, son el apoyo de nuestra parte humana, el consuelo y el bastón cuando sentimos que nos caemos.

Amando la vida, que nos da la oportunidad de evolucionar como seres eternos que somos.

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