VEJEZ

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Los profundos surcos de la cara, testigos de una sequía irreversible, contrastan con la humedad de los ojos, opacos por las cataratas que obligan a mirar hacia adentro. El pelo blanco y lacio peinado en un moño exhausto que, como un jersey roído, abriga a la poca sangre que aún circula por la cabeza. Las orejas grandes, los lóbulos caídos, se cansaron hace tiempo de escuchar, nada nuevo que añadir a todo lo que durante tanto tiempo oyeron.

La nariz sabia, perspicaz, aún es capaz de anticiparse a lo que ha de acontecer. Los insulares barrancos del cuello que se aferran al continente del cuerpo llevan a cabo su misión con orgullo: la cabeza va bien derecha.  La estructura del cuerpo abarquillada. Los huesos frágiles, debilitados por la carcoma y la artrosis, se esfuerzan por sujetar unos músculos sin fuerza para enfrentarse a la ley de la gravedad. Los órganos viejos y oxidados arrancan y paran en secuencias lo suficientemente breves para mantener al organismo vivo. Las articulaciones redondas y prominentes hace tiempo que cedieron y ya no pueden abandonar el ángulo que forman.

El pubis, yermo y pelado como un bosque arrasado por el fuego, apenas recuerda la antorcha que allí ardía en tiempos inmemoriales. La piel, como la fina lámina de plástico que sujeta el cristal quebrado y adherido a ella, mantiene al cuerpo entero, blindado al exterior. Sin embargo, un poco más allá, la muerte rastrea el más mínimo agujero para colarse por ella, aunque  sabe que debe ser la vida la que dé la señal. Al acecho, la muerte espera, como el siervo al amo: puede ser un año, un día o un segundo.

2004

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