El hombre que no tenía fe

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Había una vez un hombre que no tenía fe. No creía en nada que no pudiera comprobar por sí mismo. Por eso no creía en Dios, ni en los ángeles, ni en el cielo, ni en el infierno. No creía en que hubiera vida en otras galaxias, ni siquiera creía que pudiera haber otras galaxias. No creía en la existencia de los átomos, ni en la biología molecular. No creía en la teoría de la evolución ni en la verdad o mentira de los libros de historia. No creía  en el odio ni en la solidaridad. No creía en el sufrimiento, ni en ningún concepto que escapara a sus sentidos. No creía en la psicología transpersonal ni en las estadísticas. No creía en los políticos ni en la gente que salía por la televisión. Tampoco en las cualidades que se supone que atañen a un ser humano.

Por eso, como no creía en la amistad, no tenía amigos. Como no creía en el amor, nunca nadie se acercaba a él. Como no creía en la bondad, nunca disfrutó de la amabilidad de nadie. Como no creía en los demás, nunca nadie creyó en él. Como no creía en el más allá, el más acá nunca estuvo de su parte. Como no creía en la suerte ni en la desgracia, las dos le habían abandonado a su propia derrota.

Era un hombre verdaderamente sin fe.

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