Posts in the ‘Cuentos’ Category

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La hora del té

Aunque no llevaba reloj, Tambor sabía qué hora era. A las nueve Tomás se marchaba  deprisa, a las siete regresaba y a las doce se iba a dormir. Pero su hora favorita eran las siete y media. Después de un paseo, Tomás preparaba un té, que repartía entre su taza y el cuenco de Tambor.

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El bostezo

Cuando bostecé aquel atardecer no podía imaginar la trascendencia que llegaría a tener en mi vida ese gesto impulsivo. Estaba en mi despacho, cansada, y me sobrevino un enorme bostezo. Al inspirar noté como un insecto entraba en la boca y se quedaba pegado en el paladar. Lo saqué con los dedos y pude comprobar

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La muerte y la vida

Había encontrado una paz interna tan intensa que podía sentir cómo cada una de sus células estaba tomada por esa quietud y, hasta el último átomo de su pelo o sus uñas, estaba bajo ese manto de serenidad infinita. Era tal el estado de gracia en el que se encontraba que pensó que quizás había

La mentira

Cuando se levantó de la cama y se miró al espejo vio que tenía en la frente una pequeña herida. No recordaba haberse dado ningún golpe el día anterior y se sorprendió, pero no le dio mayor importancia. A la mañana siguiente se encontró la mejilla arañada. Se miró las uñas, pero estaban cortas y

El autobús

Marisa está en coma desde que un autobús arrollara su moto al salir de la universidad. Manuel, cada tarde le cuenta y le lee, con un té como testigo. Aunque no pueda expresarlo, el calor de las palabras y el olor del té le hacen bien a Marisa. Al despedirse, Manuel le da un beso.

El ser menguante

Empezó a menguar sin darse cuenta. Primero menguaron sus ambiciones y así menguó su trabajo, las horas que a él dedicaba y su sueldo. Al poco tiempo algunos alimentos dejaron de apetecerle y menguó su apetito. Por ello también menguó el tiempo que dedicaba a comprar, a cocinar, a comer y a limpiar. Menguaron sus

El hombre que no tenía fe

Había una vez un hombre que no tenía fe. No creía en nada que no pudiera comprobar por sí mismo. Por eso no creía en Dios, ni en los ángeles, ni en el cielo, ni en el infierno. No creía en que hubiera vida en otras galaxias, ni siquiera creía que pudiera haber otras galaxias.

VEJEZ

Los profundos surcos de la cara, testigos de una sequía irreversible, contrastan con la humedad de los ojos, opacos por las cataratas que obligan a mirar hacia adentro. El pelo blanco y lacio peinado en un moño exhausto que, como un jersey roído, abriga a la poca sangre que aún circula por la cabeza. Las

EL TIEMPO

En la soledad de mi estudio acompaño a mi amigo más solitario, el tiempo. Dejándose hacer, sin prisas, al tiempo le gusta fumar y tomar café. Lástima no poder acompañarle en estos placeres. Le digo: Ayer vi por la ventana un segundo que pasaba corriendo, y luego al fijarme mejor comprobé que era un año.

Microcuento

EL DESPERTAR DEL TAO (Microcuento)   …Y cuando desperté y abrí los ojos vi la nada.   14.06.2000